En el año 2000, Naciones Unidas estableció los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Entre ellos, se fijó la meta de reducir a la mitad la proporción de población sin acceso al agua y al saneamiento. En ese momento, el 25 % de la población mundial no tenía acceso al agua y el 51 % a servicios de saneamiento.En el año 2015, último año de vigencia de los ODM, alrededor de 800 millones de personas no tienen acceso a agua potable (el 11 % de la población mundial) y a 2.500 millones de habitantes les pasa lo mismo con los servicios de saneamiento (el 33 % de los habitantes del planeta). 

El agua es fuente de vida y desarrollo, pero también puede ser un factor de desigualdad, ya que el acceso al agua es más precario en las zonas más pobres y eso dificulta más su desarrollo.

Se ha alcanzado el objetivo de abastecimiento, pero todavía queda recorrido en el ámbito del saneamiento. Sin embargo, es preocupante-, aunque no salga en las estadísticas-, que cerca de 1.200 millones de personas–a día de hoy- tengan acceso a un agua sin las condiciones sanitarias adecuadas.

Bien es sabido que el agua es esencial para la vida y la salud, así como para la producción de alimentos y bienes de consumo. Pero si no aseguramos su acceso y calidad no conseguiremos reducir la mortalidad infantil ni materna, por la repercusión que tiene la falta de agua en la higiene hospitalaria. Si no aseguramos el agua y el saneamiento, no podremos alcanzar la enseñanza primaria universal o la igualdad de género, ya que en los países subdesarrollados normalmente son las mujeres y niñas quienes se ocupan de la provisión del recurso hídrico.

En septiembre de este año, la ONU presentará en Nueva York los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los ODM. Esta vez, Naciones Unidas ha comprendido la necesidad de implicar a todos los actores en estos retos. Los ODS son responsabilidad de todos: comunidades, gobiernos, administraciones, organizaciones civiles, universidades y empresas, a diferencia de los ODM, que únicamente responsabilizaban a los gobiernos.

Si queremos afrontar la realidad del agua debemos ser capaces de construir un modelo de desarrollo sostenible, en el que las necesidades de las personas, el desarrollo económico y el equilibrio con el medio ambiente convivan positivamente. Un modelo en el que el agua deje de ser ese factor histórico que ha contribuido a la desigualdad entre los pueblos para convertirse en un motor fundamental para la igualdad de todos y para su bienestar.

Ignasi Fainé

Director de comunicación y RSE de Agbar

Tesorero de la Red Española del Pacto Mundial