El deseo de conformar un mundo mejor, compartido universalmente, ha sido uno de los factores que ha permitido a la civilización avanzar a lo largo de la historia de la humanidad. John Rawls en su influyente trabajo Teoría de la justicia (1971) planteó un sueño imposible, crear una sociedad nueva desde su origen basada en principios de justicia, en la libertad y la igualdad de oportunidades. Este sueño exigía la introducción de la que denomina restricción de la ignorancia a fin de identificar esos principios. Su idea era obligarnos a pensar desde fuera de nuestra visión personal con el objetivo de considerar a los otros; reinventar la sociedad, esperando que la tiranía del statu quo, en palabras de Milton y Rose Friedman (1984), fuera pasiva ante el cambio. En suma, construir un mundo mejor: un sueño imposible, pero un hermoso sueño al fin y al cabo.

Muy al contrario, las naciones y los ciudadanos que las integran cargan en su espalda con un conjunto de reglas de juego conformadas a lo largo de la historia; de factores intangibles creados por el hombre que influyen en su conducta y determinan su presente y su futuro. Se trata de las denominadas instituciones, concepto que hunde sus raíces en la tradición filosófica liberal de los Siglos XVII y XVIII.

Sin duda, la mejora de las instituciones tiene un papel relevante en el desarrollo económico y social, pero son los ciudadanos libres los actores principales de la prosperidad de las naciones. La determinación de las fuentes de dicha prosperidad ha sido, y continúa siendo en la actualidad, una de las cuestiones más analizadas y debatidas por los economistas. Las respuestas a estas cuestiones podrían ser agrupadas, sin caer en una excesiva simplificación, en torno al enfoque inspirado por las ideas de Adam Smith (1776) o a las aportaciones de David Ricardo (1821).

En esencia, el enfoque de la función de producción ricardiana centra su atención en las dotaciones factoriales; la inversión es la llave del crecimiento económico. Por el contrario, en la visión smithiana, la innovación es la clave; se destaca la innovación como proceso por el cual los factores de producción son combinados, de acuerdo con una oportunidad de negocio percibida por el actor del crecimiento, el empresario. La cantidad y calidad del capital físico y humano -en el sentido ricardiano- son importantes, sin duda alguna, pero ellas son el producto de una economía y no factores aportados exógenamente a ella. La esencia de la innovación es la acción emprendedora en respuesta a la percepción de beneficio. Y para ello, es fundamental la libertad, para ello, es clave el derecho humano a emprender.

A veces se tiende a pensar erróneamente que grandes paquetes de ayuda al desarrollo, grandes inversiones e iniciativas públicas, pueden impulsar por si solas a nuestras naciones hacia la prosperidad, pero sin empresarios innovadores, sin personas que puedan impactar en la sociedad mediante el desarrollo de su actividad emprendedora, y materializar sus sueños, ninguna inversión es sostenible a medio y largo plazo, ninguna sociedad podrá prosperar.

Si el empresario es el eje sobre el que bascula la innovación y la creación de riqueza ¿cuál es el papel de las instituciones? Las normas políticas que regulan el funcionamiento del Estado y las regulaciones económicas de los mercados son claves para establecer la estructura de incentivos óptima para emprender y, con ello, para el desarrollo económico y social. Estas instituciones son determinantes para explicar por qué unos países deciden dirigirse hacia el desastre económico y social, como Zimbabue o Venezuela, mientras otros alcanzan la prosperidad al comprender en toda su amplitud el valor social de la empresa.

Las empresas, actoras transcendentes de ese mundo mejor que soñó Rawls, enfrentadas a un marco institucional favorable, han reforzado en las últimas décadas, en todo el mundo, su apuesta por la sostenibilidad. Una clara muestra de ello es la intensa actividad de las entidades adheridas en España al Pacto Mundial de Naciones Unidas que han situado a nuestro país en una posición de liderazgo en el mundo en este campo.

Vicente J. Montes Gan

Vicepresidente de la Red Española del Pacto Mundial.