En todos los foros de reflexión en los que participamos los miembros de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas para definir propuestas que hagan mejor el mundo en que vivimos, la educación aparece mencionada de manera reiterada.

Es imposible pensar en un progreso económico, social, cultural y medioambiental a largo plazo -es decir, en un Desarrollos Sostenible- sin hacer referencia a la necesidad de educar a las nuevas generaciones, y reeducar a las presentes, para que puedan desarrollarse personal y profesionalmente.

No estamos diciendo nada nuevo ni innovador, seguramente. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que acaban de celebrar sus 18 meses de vida, también identifican esta acuciante necesidad como uno de los 17 objetivos en los que todos debemos trabajar.

El Objetivo 4 propone mejorar el acceso no solo a una educación, sino a una educación de calidad, que pueda realizarse en todas las etapas de la vida de manera equitativa entre niños y niñas, chicos y chicas, y entre hombres y mujeres. En la primera fase de nuestra vida parece que hemos avanzado mucho -91% de los niños en edad de recibir enseñanza primaria están matriculados, aunque aún hay 57 millones sin escolarizar- Pero en la educación media y superior nos queda aún un camino más largo por recorrer.

El conjunto de la sociedad tiene una gran responsabilidad en conseguir materializar este propósito. La Administración Pública sea posiblemente quien esté cargando con el mayor peso de esta tarea, pues debiera facilitar un sistema accesible para todos y garantizar que el nivel de alfabetización y formación responda a unos elevados estándares de calidad.

La concienciación social es importante, y ahí la labor de organizaciones del tercer sector, especialmente en países en desarrollo y subdesarrollados, es loable, haciendo ver a las familias la necesidad de dar prioridad a la educación de los hijos e involucrando a otros agentes sociales para evitar que los niños sean puestos a trabajar en lugar de ir a la escuela. No es sólo una cuestión familiar; deben promoverse opciones de trabajo para los adultos en la familia que permitan despejar el espacio vital que los más pequeños y los jóvenes necesitan para formarse.

El papel de las propias instituciones académicas está siendo constantemente revisado. Queremos que los alumnos que pisan nuestras aulas sean, como aboga nuestra universidad “profesionales PARA el mundo”, conscientes de que su desarrollo competencial debe poner el foco, en todo momento, en contribuir a una ciudadanía global más vivible, más justa y más humana. Para ello desarrollamos no sólo un itinerario académico comprometido a través de las materias que estudian nuestros alumnos; también ofrecemos la oportunidad de que vivan experiencias formativas que les hagan buenos profesionales y mejores ciudadanos, fomentando iniciativas de aprendizaje-servicio, donde ponen su conocimiento, de manera directa, al servicio de la comunidad, en colaboración con diversas organizaciones sociales.

El rol de las empresas tampoco puede ser obviado aquí, por su gran potencial. No se trata de una cuestión de caridad. Formar a las personas no es solo –y principalmente- un compromiso moral en el que debemos participar todos los miembros de una sociedad. Es que, además, estamos abriendo nuevas posibilidades de conocimiento y de experiencias a las generaciones de hoy y del mañana. Cualquier empresa con altitud de miras verá fácilmente que proporcionar una educación de calidad incrementa las opciones de elegir de nuestros ciudadanos, de nuestros empleados, de nuestros clientes, de nuestros accionistas, de nuestros vecinos… Y que es en esa libertad donde merece la pena que se desarrollen nuestros mercados y, sobre todo, nuestras vidas.

Anna Bajo Sanjuán. Cátedra de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas