En el Día Mundial del Medio Ambiente 2018, Naciones Unidas propone el lema “Un planeta #SinContaminación por plásticos”, con la sugerente propuesta “si no puedes reusarlo, rehúsalo”.

Sin duda, la temática elegida nos puede dar mucho que pensar dada la altísima utilización de plásticos en el sector agroalimentario. Hay muchas opciones de mejorar nuestra huella ambiental por esta vía, con la colaboración de todos los actores de la cadena agroalimentaria, porque será necesario que cada quien ponga su parte.

Pero además, el Día Mundial del Medio Ambiente nos debería servir para pensar de una forma más amplia si la manera en que producimos, procesamos, distribuimos y consumimos alimentos tiene un negativo impacto ambiental. La nueva Agenda de Desarrollo de Naciones Unidas, con sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, nos desafía a buscar formas de producción y consumo alimentario que sean sostenibles.

Si lo abordamos desde la óptica de la producción de alimentos, la sostenibilidad está orientada a que ésta se realice de tal manera que no impida la disponibilidad y el acceso para las generaciones futuras. Se refiere fundamentalmente al riesgo de deterioro de las bases productivas debido a sobreexplotación o a malas prácticas. La capacidad de seguir produciendo alimentos al nivel necesario se puede ver afectada por el deterioro de tierras de cultivo (erosión, salinización, degradación, pérdida de fertilidad…) y de los recursos hídricos (agotamiento y contaminación), el estrés de los recursos pesqueros (sobreexplotación y malas prácticas), la pérdida de biodiversidad, etc.

Hace ya más de diez años, la Evaluación Internacional del Papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola[1] (IAASTD, por sus siglas en inglés) señaló que, para poder hacer frente tanto a la necesidades de una población creciente como al desafío del cambio climático, evitando al mismo tiempo un colapso ambiental, es necesario  modificar radicalmente la forma en que se producen los alimentos.

Se estima que el conjunto del sector agrícola produce entre el 25% y el 30% de todas las emisiones antropogénicas de GEI, proviniendo al menos la mitad de la ganadería. La agricultura es una gran contribuyente al cambio climático, y a su vez se ve amenazada por él. El desafío es ser capaces de responder a las necesidades alimentarias de la humanidad al mismo tiempo que se preserva el medio ambiente, especialmente reduciendo las emisiones de GEI.

Pero esta sostenibilidad de la alimentación también tiene que ser abordada desde el consumo. El comportamiento de los consumidores va a ser un factor cada vez más determinante en la búsqueda de la sostenibilidad, con dos focos principales de atención: la reducción del desperdicio alimentario y los cambios en las dietas.

El desperdicio alimentario, además de ser antieconómico, tiene negativos impactos sociales y ambientales, tanto por el uso innecesario de recursos productivos (tierra y agua) como por las enormes emisiones de GEI asociadas. Una significativa reducción del desperdicio sería una contribución muy importante y necesaria en este camino de sostenibilidad de los sistemas alimentarios.

Junto a ello hay que considerar también el desperdicio que hay implícito en el sobreconsumo de alimentos. Su cuantía puede ser tan alta como la del desperdicio alimentario propiamente dicho. Si arraigaran en la sociedad pautas de consumo alimentario responsable, guiadas por la necesidad, no por el capricho, se podría obtener otro aporte sustancial hacia la sostenibilidad de los sistemas alimentarios.

Por último, pero no menos importante, la revisión de los patrones alimentarios puede ser uno de los principales drivers de esa sostenibilidad. Muchos cientos de millones de consumidores nos hemos acostumbrado a tener disponible cualquier tipo de alimento en cualquier época del año, sin prestar atención a las temporadas propias de cultivo, con un incremento de emisiones de GEI asociado al transporte. La práctica de consumir preferentemente productos de temporada provenientes de producción local puede implicar una reducción importante de emisiones. Además, se debe tener en cuenta la huella ecológica de los diferentes tipos de dieta: una alimentación balanceada y saludable, con abundancia de frutas y verduras, además de ser más positiva para nuestra salud, también es más sana para el medio ambiente.

En este Día Mundial del Medio Ambiente, Prosalus nos invita a reflexionar sobre la sostenibilidad de nuestra alimentación.

 

José María Medina Rey

Director de PROSALUS

 

[1] Esta evaluación fue realizada entre 2002 y 2007, con el impulso del Banco Mundial y el apoyo de FAO, PNUD, PNUMA, UNESCO y OMS, con la participación de 900 personas y 110 países.