A estas alturas del siglo XXI, todos hemos oído hablar de las fake news, hemos estado expuestos a ellas y, casi con toda seguridad, nos hemos creído más de una. Sin embargo, no todos somos conscientes del peligro que entrañan para nosotros como individuos, para las corporaciones o instituciones en las que trabajamos y para la sociedad en general. Y, mucho menos aún, de que todos tenemos una responsabilidad frente a este fenómeno.

Según la Comisión Europea, “la desinformación o noticias falsas consiste en información demostrablemente falsa o incorrecta que es elaborada, presentada y difundida para obtener una ganancia económica, para engañar de manera maliciosa al público o para causar un daño”. La realidad es que hoy existe una auténtica industria de la mentira que se aprovecha de la crisis de confianza en las instituciones para causar daño o ganar dinero. Existen organizaciones que se dedican a crear fake news, particulares que se prestan a difundirlas y máquinas (bots) que permiten su difusión masiva. La tormenta perfecta.

Debido a que su repercusión suele ser mayor, se suele considerar que las fake news son de naturaleza política, pero no es así. Cada vez más empresas, instituciones y particulares se ven afectados por campañas de desinformación que buscan provocar un daño tanto reputacional como económico.

Según un estudio del Massachussets Institute of Technology (MIT), las noticias falsas tienen  hasta un 70% más posibilidades de ser compartidas que las verdaderas. Según el Eurobarómetro, el 83% de los europeos cree que las noticias falsas son una amenaza para la democracia. Según los analistas políticos, la campaña electoral que empieza a tomar forma en España no se va a librar en los medios tradicionales, sino en las redes.

Más del 80% de la población activa de España trabaja en el sector privado. Muchas de las personas que trabajan en las empresas son prescriptores en la vida real y/o influencers en el mundo online. Pero, por desgracia, no tienen más armas que la mayor parte de la población para defenderse de este fenómeno: son igual de vulnerables que todos a dejarse envolver por las noticias de alto contenido ideológico y emocional que reciben a través de las redes. Son igual de susceptibles a creerse falsedades destinadas a cambiar el sentido de su voto y a difundir información falsa sobre otras empresas por el mero hecho de que les llegan de alguien de confianza. Son igual de proclives a ser más críticos con informaciones reales que no cuadran con sus creencias que con las falsas que encajan perfectamente en su ideario.

Si ayudar a las personas a que sean mejores consumidores de información online es crucial en un mundo en plena transformación digital, ¿no tendría sentido que desde los departamentos de comunicación y responsabilidad social empresarial (RSE) proporcionásemos armas a las plantillas de nuestras empresas para que desarrollen el sentido crítico y se conviertan en embajadores contra las fake news?

En el centro de las labores de la RSE están la transparencia y la responsabilidad, que derivan en gran parte de nuestra capacidad para comunicar con claridad. En un contexto como el actual, nuestro compromiso con la difusión de información contrastada y confiable es más importante que nunca. Podemos monitorizar las redes sociales y los medios digitales, hacer una labor de identificación, desenmascarar a los culpables, ayudar a prestigiar a los medios de comunicación serios… la lista es larga.

Ángel Juanes, vicepresidente del Tribunal Supremo, exponía recientemente en un artículo en El País, haciendo referencia a la doctrina de nuestro Tribunal Constitucional, que “el fenómeno de la información falsa o engañosa difundida online nos sitúa en un plano que trasciende la lesión de los derechos individuales y plantea la afectación del interés colectivo de los ciudadanos y las ciudadanas en el reconocimiento y garantía de la posibilidad de existencia de una opinión pública libre, indisolublemente unida al pluralismo político, propia del sistema democrático”.

El ODS 16 tiene como meta crear a todos los niveles instituciones eficaces y transparentes que rindan cuentas y garanticen el acceso público a la información y las libertades fundamentales, de conformidad con las leyes nacionales y los acuerdos internacionales. Propugna que, sin paz, estabilidad, derechos humanos y gobernabilidad efectiva basada en el Estado de derecho no es posible alcanzar el desarrollo sostenible. Las fake news nos llevan sin duda hacia un mundo cada vez más dividido y fragmentado: reforzando nuestros instintos más básicos a base de bulos virales que aumentan la intransigencia y la hostilidad, afectan a los fundamentos de las sociedades democráticas, uno de los cuales es que los ciudadanos estén bien informados. Combatirlas es un deber de todos. Y las empresas tenemos mucho que aportar.

Carolina Pina, socia del departamento de Propiedad Industrial e Intelectual de Garrigues, y Sonia Franco, directora de Comunicación y Marketing